muertos andantes del mundo de los despiertos
ansian abrir sus mentes,
alcanzar la creatividad que trasciende, la genialidad.
Los genios en cambio buscan muchas de las cosas
que los malditos clones,
iguales a millones dan por sentadas,
normales y triviales y que para ellos carecen de valor.
se mueven y atacan como hormigas,
con la fuerza de un millón de insignificantes insectos,
mientras que el excepcional embiste
con el poderío de cien bestias,
por otra parte insuficiente
contra las interminables cucarachas.
Pero ahí la gracia, la retorcida justicia, el engaño, la realidad,
el poseer del que no desea, el anhelo del que carece.
Adorar lo que no se cree, atesorar lo que no se quiere.
Devorar el mundo sin dientes, tragarse el infierno.
Odiar al juez, padre y creador, a su obra y a uno mismo,
admitir la derrota y la muerte y abandonarse por siempre.
Girar en el helado espacio cristalizado como copos de nieve,
arder en el infierno como la última vela del derruído templo.
Así es el soñador que no dibuja en el aire,
sino que con sus manos graba en la propia madera de su carne,
de su vida, de su existencia y de su obra.
Así es el sinsentido de la vida más valiosa que la conocida,
que la tenida por normal, que la típica,
pues de valor carecen ambas
y su valor podra ser incalculable para el correcto dueño.







