lunes 21 de diciembre de 2009

Deas: Fría agonía

Una nívea visión en este herial helado,
la muerte envuelta en embozo perlado.
Y a su paso, haces negros sobre la escarcha,
que descubren la carne que yace sobre ella,
que al pisar de sus metatarsos se pudren de inmediato.

Un horroroso y tembloroso instinto se agita en mí en este momento: el miedo.
Pero también el deseo coger la plateada arma de fuego que empuño y desdibujar de su rostro su sonrisa calavérica.
Y haciendo acopio de valor y fuerzas cargo el arma con cargas de fósforo, que vacío sobre las cuencas de sus ojos cuando se acerca hasta apenas nueve pasos.

Y su calavera ardiente consume su velo negro perlado por la nieve, sus dientes caen incandescentes desde su boca. Y mientras trastabila aún tengo tiempo de cargar, y el siguiente y doble disparo impacta en sus esternones y hace que caigan seis de sus costillas.

Trata sin embargo de alcanzarme con su mano huesuda, tratando de esquivar el fuego de mi borde de platino, pero salto y soy yo quien lo esquiva a ello, y ante otra repetición de lo mismo pulverizo de un borde su húmero derecho, y tras esquivar el izquierdo corro para intentar ganar tiempo y cargo de nuevo.

Intenta, trastabilando alcanzarme, pero otra descarga de munición le arranca gran parte de las costillas que le quedaban.
Y persiguiendome ya, casi partiéndose por la mitad al andar, se detiene de repente para caer de rodillas del desgaste, desenfundando la hoz escondida entre los trozos rotos de su túnica.

Pero un último intento me queda antes de que me alcance con su arma, pues recuerdo súbitamente la granada alquímica de mi zurrón, que lanzo contra su cráneo para después echar a correr, y mientras el esquelético heraldo de Cronos trata de sacar la bomba incrustada en sus huesos llego lo suficientemente lejos.


Y la esfera de extraños símbolos
y aún más raros componentes estalla,
levantando del suelo el hielo,
tornándolo en lava y haciéndolo caer de nuevo.
Y los huesos del horror son carbonizados,
fundidos y hundidos en el charco volcánico.

Y al ver destruída la amenaza me acerco,
y puedo ver intacta su arma,
una gran hoz, casi como una guadaña,
de un color entre el hueso y la plata,
y la guardo en mi zurrón.

Porque era ridícula la presencia de su antiguo dueño, porque el único que puede arrancar las almas de los que se acercan a este erial soy yo. Yo soy el único cazador de estas tierras.